miércoles, 6 de agosto de 2014

Capitulo 1

SEMESTRE DE OTOÑO, 2011


Había un chico en su habitación.

Pau miró el número pintado en la puerta y luego hacia abajo, a la asignación de espacio en su mano.
Pound Hall, 913.

Esa era sin duda la habitación 913, pero  tal vez no era Pound Hall, todas esas residencias se parecían, como torres de viviendas públicas para ancianos. Tal vez Pau debía tratar de interceptar a su padre antes de que le llevara el resto de sus cajas.

—Tú debes ser Paula —dijo el muchacho, sonriendo y tendiéndole la mano.
—Pau—dijo, sintiendo un salto de pánico en el estómago. 

Hizo caso omiso a su mano. (Ella estaba sosteniendo una caja de todos modos, ¿qué esperaba?)
Aquello era un error, tenía que ser un error. Sabía que Pound era un edificio  de dormitorios mixtos…  ¿Existía tal cosa como los  dormitorios mixtos?
El chico tomó la caja de sus manos y la puso en una cama vacía. La cama en el otro lado de la habitación ya estaba cubierta con ropa y cajas.

—¿Tienes más cosas abajo? —preguntó—. Acabamos de terminar. Creo que ahora iremos a por una hamburguesa;  ¿quieres una? ¿Ya has estado en Pear‘s? Hamburguesas del tamaño de tu puño. —Él tomó su brazo. Ella tragó saliva—. Has un puño —dijo.

Pau lo hizo.

—Más grande que tú puño —dijo, dejando caer la mano y tomando la mochila que ella había dejado en la puerta—. ¿Tienes más cajas? Debes tenerlas. ¿Tienes hambre?

Era alto, delgado y bronceado, y parecía como si acabara de quitarse un gorro de lana, tirando del cabello rubio oscuro en todas direcciones. Pau miró la asignación de la habitación. ¿Este era Reagan?

—¡Reagan!  —dijo  el chico  felizmente—. Mira, tú compañera de cuarto está aquí.

Una chica rodeó a Cath en la puerta y la miró con frialdad. Tenía cabello liso, castaño, y un cigarrillo sin encender  en la boca. 
El chico lo tomó y se lo puso en su boca. —Reagan, Paula. Paula, Reagan —dijo.
—Pau —corrigió ella.

Reagan asintió y buscó en su bolso otro cigarrillo. 
—Tomé esté lado —dijo, señalando a la pila de cajas en el lado derecho de la habitación—. Pero eso no importa. Si tienes problemas de feng shui, no dudes en mover mi mierda. —Se volvió hacia el muchacho—. ¿Listo?

Él se giró hacia Pau. —¿Vienes?

Pau negó con la cabeza.

Cuando la  puerta se cerró detrás de ellos,  se sentó en el colchón desnudo que aparentemente era suyo —el feng shui era el menor de sus problemas—, y apoyó la cabeza contra la pared de bloques de hormigón.

Sólo tenía que tranquilizar sus nervios.

Tomar la ansiedad que sentía como estática negra trás sus párpados y un corazón extra en su garganta, y empujarlo todo hacia su estómago a donde pertenecía, donde pudiera, al menos,  atarlo  en un buen nudo y trabajar en torno a ello.

Su padre y Wren estarían allí de un momento a otro, y Pau no quería que supieran que estaba a punto de deshacerse. Si Pau se deshacía, su padre se  desharía. Y sí  ambos  lo hacían, Wren actuaría como si lo estuvieran haciendo a propósito, sólo para arruinar su perfecto primer día en el campus. Su nueva y hermosa aventura.
Vas a darme las gracias por esto, seguía diciendo Wren.
La primera vez que lo dijo fue en junio.
Pau ya había enviado sus solicitudes de vivienda a la universidad, y por supuesto que había puesto a Wren como su compañera de cuarto, no lo había pensado dos veces. Las dos habían compartido una habitación
durante dieciocho años, ¿por qué detenerse ahora?


—Hemos compartido una habitación  por  dieciocho años  —argumentó Wren. Estaba sentada a la cabecera de la cama de Pau, portando su exasperante rostro de ―Soy la Madura Aquí.

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