SEMESTRE DE OTOÑO, 2011
Había un chico en su habitación.
Pau miró el número pintado en la puerta y luego hacia abajo, a
la asignación de espacio en su mano.
Pound Hall, 913.
Esa era sin duda la habitación 913, pero tal vez no era Pound Hall, todas esas
residencias se parecían, como torres de viviendas públicas para ancianos. Tal
vez Pau debía tratar de interceptar a su padre antes de que le llevara el resto
de sus cajas.
—Tú debes ser Paula —dijo el muchacho, sonriendo y tendiéndole
la mano.
—Pau—dijo, sintiendo un salto de pánico en el estómago.
Hizo
caso omiso a su mano. (Ella estaba sosteniendo una caja de todos modos, ¿qué esperaba?)
Aquello era un error, tenía que ser un error. Sabía que Pound
era un edificio de dormitorios
mixtos… ¿Existía tal cosa como los dormitorios mixtos?
El chico tomó la caja de sus manos y la puso en una cama
vacía. La cama en el otro lado de la habitación ya estaba cubierta con ropa y cajas.
—¿Tienes más cosas abajo? —preguntó—. Acabamos de terminar. Creo
que ahora iremos a por una hamburguesa;
¿quieres una? ¿Ya has estado en Pear‘s? Hamburguesas del tamaño de tu
puño. —Él tomó su brazo. Ella tragó saliva—. Has un puño —dijo.
Pau lo hizo.
—Más grande que tú puño —dijo, dejando caer la mano y tomando la
mochila que ella había dejado en la puerta—. ¿Tienes más cajas? Debes tenerlas.
¿Tienes hambre?
Era alto, delgado y bronceado, y parecía como si acabara de quitarse
un gorro de lana, tirando del cabello rubio oscuro en todas direcciones. Pau miró
la asignación de la habitación. ¿Este era Reagan?
—¡Reagan! —dijo el chico
felizmente—. Mira, tú compañera de cuarto está aquí.
Una chica rodeó a Cath en la puerta y la miró con frialdad.
Tenía cabello liso, castaño, y un cigarrillo sin encender en la boca.
El chico lo tomó y se lo puso en
su boca. —Reagan, Paula. Paula, Reagan —dijo.
—Pau —corrigió ella.
Reagan asintió y buscó en su bolso otro cigarrillo.
—Tomé esté
lado —dijo, señalando a la pila de cajas en el lado derecho de la habitación—. Pero
eso no importa. Si tienes problemas de feng shui, no dudes en mover mi mierda.
—Se volvió hacia el muchacho—. ¿Listo?
Él se giró hacia Pau. —¿Vienes?
Pau negó con la cabeza.
Cuando la puerta se
cerró detrás de ellos, se sentó en el
colchón desnudo que aparentemente era suyo —el feng shui era el menor de sus problemas—,
y apoyó la cabeza contra la pared de bloques de hormigón.
Sólo tenía que tranquilizar sus nervios.
Tomar la ansiedad que sentía como estática negra trás sus
párpados y un corazón extra en su garganta, y empujarlo todo hacia su estómago
a donde pertenecía, donde pudiera, al menos,
atarlo en un buen nudo y trabajar
en torno a ello.
Su padre y Wren estarían allí de un momento a otro, y Pau no
quería que supieran que estaba a punto de deshacerse. Si Pau se deshacía, su padre
se desharía. Y sí ambos
lo hacían, Wren actuaría como si lo estuvieran haciendo a propósito,
sólo para arruinar su perfecto primer día en el campus. Su nueva y hermosa
aventura.
Vas a darme las gracias por esto, seguía diciendo Wren.
La primera vez que lo dijo fue en junio.
Pau ya había enviado sus solicitudes de vivienda a la
universidad, y por supuesto que había puesto a Wren como su compañera de
cuarto, no lo había pensado dos veces. Las dos habían compartido una habitación
durante dieciocho años, ¿por qué detenerse ahora?
—Hemos compartido una habitación por
dieciocho años —argumentó Wren.
Estaba sentada a la cabecera de la cama de Pau, portando su exasperante rostro
de ―Soy la Madura Aquí.
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